Prometeo, y todos los políticos de después
Escuché hace poco a Rodríguez Ibarra (expresidente de Extremadura) decir que ya no hay políticos; que en el año 89, con la famosa caída del Muro de
Berlín, se proclamó a los cuatro vientos que las ideologías había muerto, que todo era la misma cosa, y que lo mejor era que los políticos dejaran sitio a los expertos y se limitaran a poner la cara y la sonrisa. Esta situación, “dejad el mundo a los tecnócratas”, habría producido con el paso de los años (casi 20) una nueva clase política totalmente insustancial, y sin otras perspectivas que las de seguir el sendero, despejado de maleza. ¿Y quién iba delante con el machete en la mano? Pues los ultra liberales, claro, ya se sabe: el libre mercado es el mejor garante de la prosperidad y la equidad y cualquier interferencia en su funcionamiento sólo sirve para menoscabar el bienestar de la gente.
Ahora, concluía Rodríguez Ibarra, hacen falta políticos para salir de esta situación, pero por culpa de todo esto, no hay.
Por esas cosas de la vida, unos días después leo (sobre la reunión de Bernanke y Paulson en la Casa Blanca para buscar soluciones a la crisis y diseñar el famoso plan de los 700.000 millones de dólares, que acaba de ser rechazado por el Congreso): “pensad que George Bush no intervino en ninguna reunión, como debe ser, fueron la gente profesional de la FED y del Tesoro quienes lo decidieron todo”.
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Y sigue la cosa. Esta misma mañana, en la radio, un tertuliano (no recuerdo el nombre, qué más da), dice muy acaloradamente que este plan no debería de haber pasado por el Congreso de los Estados Unidos, que se tendría que haber aprobado directamente (por decreto, para entendernos), y que los políticos, más o menos, dicho pronto y mal, deberían sacar sus sucias manos partidistas de las cosas realmente importantes.
Líbreme Dios de defender el perfil político de un personaje como Bush. Es más, líbreme Dios de defender el perfil político de la mayoría de los políticos de la historia del mundo. Pero, la verdad, estoy más de acuerdo con Rodríguez Ibarra que otra cosa.
Me escandaliza ver cómo se acepta la idea de que los políticos deben de estar fuera de las cosas importantes. Los economistas de la Reserva Federal y del Tesoro saben mucho de lo suyo, sin duda, pero carecen de una moral política, de una concepción de su país, del mundo, que les permita tomar lo que podríamos llamar decisiones complejas, es decir, aquellas que afectan el devenir histórico de un país, aquellas que lo cambian.
Los tecnócratas, por definición, aplican el manual de instrucciones imperante en su momento, pero nunca son capaces de crear caminos nuevos, de reformar. Los expertos de turno al servicio del estado no independizan una colonia de su metrópoli, no inician reformas agrarias, no acaban con el racismo, no nacionalizan el petróleo y el gas, no deciden poner en marcha la sanidad y la educación publicas, las pensiones… En fin, los tecnócratas no son políticos y no deberían actúar al margen de los políticos; deberían asesorarlos, claro, en los detalles, pero dar un paso atrás cuando llega el momento de tomar la decisión.
Por supuesto que Bush, o la gente de su gabinete, tiene que presidir una reunión de técnicos de la FED y la Secretaría de Economía para decidir qué hacer con la crisis. Por supuesto que el Congreso debe votar si aprueba el plan propuesto por el presidente o no (de hecho, en un primer asalto, su propio partido se lo ha tirado atrás por una cuestión ideológica).
Que hoy no haya políticos, o que los políticos sean grises y torpes, malignos o interesados, no significa que no su figura no sea necesaria ni valiosa. ¿Por qué creeis que nos provoca tanto rechazo, tanto asco, un político corrupto? Porque tenía en sus manos lo más sagrado de la humanidad, y lo ha traicionado vilmente: el progreso.
